miércoles, 27 de julio de 2005

Los precios a conciencia y la intervención política.


Abordar un taxi en Lima es de lo más fácil. La escena se repite invariablemente del siguiente modo: uno levanta la mano y pronto se forma una fila de taxis. Uno indica su destino y pregunta cuánto le cobran. El taxista ofrece cobrar una tarifa mientras los que están atrás esperan que aquel nos esté ofreciendo una tarifa que no estemos dispuestos a pagar. Así los que están detrás podrán ir avanzando hacia el primer lugar e intentar ganar un cliente. Por su parte el pasajero regatea casi siempre la tarifa ofrecida, aunque sea por un sol menos. Si hay acuerdo, nos subiremos al taxi. De lo contrario los autos en fila avanzarán hasta que por fin uno nos cobra lo que queremos pagar en ese momento.

La escena que les cuento no tiene ni una pizca de originalidad, es un hecho común y corriente. No obstante, hace dos días me encontré en esta situación y luego de regatear los soles de rigor, el taxista me sorprendió con esta respuesta:

- No hermanito, por menos no voy. Si te estoy cobrando a conciencia.

Desde luego terminé abordando el siguiente taxi y pude llegar a tiempo a mi destino. Durante el trayecto no pude sacarme de la mente la idea de que alguien "me quería cobrar a conciencia". Visto bien el asunto la frase debía tener subyacente una mensaje con sentido(al menos para el emisor de dicho mensaje) que yo en ese momento no podía descifrar. ¿Existían los precios inconcientes? ¿Acaso el cálculo de un precio no obedece a un determinado procedimiento racional (y por tanto realizado con conciencia del mismo)? ¿Se trataba de una redundancia por parte de aquel taxista? Si así lo era, se trató entonces de un lapsus por parte de aquel sujeto. Sin embargo, para despejar toda duda y estar seguro de mi análisis debía concluir que esa opción era la única posible. Desde luego, había otra plausible interpretación. El taxista quiso convencerme diciéndome que su tarifa consistía en un precio dictado por la conciencia, es decir, resultado de una reflexión ética y por tanto moralmente bueno y yo debía acceder a él pues lo bueno es aquello a lo que nadie en principio puede negarse. Se trataba entonces de un precio justo. Pero entonces fue una mala estrategia, o al menos una táctica de convencimiento arriesgada pues como podía saber de antemano él la noción o concepto de justicia que su consumidor tenía. Hoy no resulta difícil saber que no tenemos ni siquiera un consenso sobre lo que es la justicia.

Seguramente era justo para el taxista cobrarme lo que el pretendía en ese instante, mientras que para mí no se trataba de un problema ético o moral sino de una decisión que dependía de mis opciones (la existencia de otros taxis) y de lo que estaba dispuesto a pagar por el servicio de taxi en ese momento. Seguramente luego que yo no aceptara su tarifa nuestro querido taxista se fue pensando que yo era un loco o al menos una persona injusta que pretendía un servicio por menos de lo que para él realmente valía. Dificilmente podía dentro de su razonamiento incluir la idea de estructura de costos que su competencia sí consideraba en ese momento. Seguramente ese mismo taxista, como muchas otras personas y a causa de lo normal que resulta para todo ser humano trasladar una estructura mental, mantendrá su misma lógica del precio justo cuando tenga que adquirir algún bien o servicio, es decir, cuando tenga él un rol de consumidor. Y al final y seguramente cuando esté del lado de la demanda, verá a través de sus ojos muchos ofertantes injustos cuyos precios no serán a conciencia, como la tarifa que el me quiso cobrar.

Para aquellos que ven aquí un ensañamiento con nuestro querido taxista del ejemplo, les digo que en realidad es un pretexto. Es decir, una ocasión para lamentar que políticos, empresarios y consumidores insistan, luego de un catastrófico gobierno de fauna aprista, en volver a un inconstitucional control de precios al que en nuestro inconciente colectivo se equipara a una política de precios justos.


El caso del GLP

Se anuncian marchas de consumidores contra los abusivos precios del GLP, los reporteros buscan a las amas de casa para preguntarles y ellas responden que no es justo que nos vendan tan caro un recurso que aquí producimos, los políticos propician indebida e innecesariamente la concertación de precios entre los envasadores de GLP y afirman que es justo que baje e incluso un sector de los envasadores abogan porque se regulen los márgenes de ganancia. ¿No bastaba acaso con disminuir los aranceles a la importación así como el ISC para propiciar una reducción del precio del gas? ¿Para qué propiciar una concertación? ¿Acaso todos los envasadores deben comercializar sus cilindros a igual precio? Con las reducciones fiscales, la dinámica del proceso competitivo haría que los precios desciendan en algunos casos y los consumidores podrían elegir la opción por la cual estén dispuestos a pagar. Desde luego, por las caracteristicas riesgosas del bien así como por el alto índice de informalidad en el mercado del GLP, habrán algunas empresas(y otras no) que incluirán dentro de sus costos el mantenimiento de los cilindros así como las licencias y medidas de seguridad que reglamentariamente están obligadas a cumplir. Ello sin duda conlleva a una diferencia de precios, que no es injusta sino por el contrario tiene como fundamento un costo: la norma que hace civilmente responsables a las empresas que comercializan GLP por los siniestros que pudieran causar, además de las multas que en dicho caso les impondría OSINERG.

Desde luego el precio del GLP podría bajar, sin embargo dificilmente hasta el nivel que los políticos con justicia pretenden. Además un precio controlado, como el que pretenden aquellos que piden regular los márgenes de ganancia, puede que sea "accesible" pero tal vez en esa palabra se enconde aquella lección que el consumidor peruano aún no llega a entender: Que a veces lo barato sale caro.



El caso del SOAT

Lima, se realiza un paro en el servicio público de transporte urbano que además de evitar los atropellados de cada día impide que la gente acuda normalmente a sus trabajos. Los políticos deciden apoyar el pedido de los transportistas para que baje el costo de la póliza del SOAT y buscan dialogar con las aseguradoras. Haciendo a un lado el tema de si un servicio público como es el transporte urbano debe o puede suspenderse así como sucedió y si es eficiente o no la estructura de mercado de nuestro transporte urbano, tenemos nuevamente en el escenario personajes cuyo discurso es el de las tarifas justas y de los proveedores abusivos.

Es cierto que, a nivel administrativo por lo menos, se ha probado que la aseguradoras ya han concertado alguna vez los precios de sus pólizas. Sin embargo, también es cierto que nuevamente se pierde de vista los costos que las empresas aseguradoras deben incluir al momento de establecer el precio de los seguros. El alto índice de siniestralidad a consecuencia de choferes sin licencias o imprudentes, ausencia de control policial y en general por las fallas mismas de dicho mercado. Resulta indudable que las aseguradoras deben competir por ofrecer polizas a un precio competitivo pero también resulta indublemente necesario adoptar medidas que conlleven a una disminución de los costos que son ocasionados por los mismo consumidores del servicio. En este particular caso se necesita la competencia entre aseguradoras pero además el diseño de una política (policy) de libre y leal competencia en el transporte urbano. El caos tiene un costo y si los precios son altos no es por la maldad o el abuso de las compañías de seguro. Por el contrario, resulta razonable que ello se traslada al precio de las pólizas.

Solo diré como punto final que cuando nos quejamos del mercado y acusamos a un precio de excesivo, decir que el mismo es injusto es como pedir que sea la carreta la que tire del caballo. El precio no es resultado de una decisión etico-moral ni tampoco tiene relación con un paradigma de justicia sino que es consecuencia de un proceso racional fundado en la eficiencia, que se debe propiciar y proteger: la libre competencia. De esta manera los precios no serán los más ni los menos justos, pero si disminuirán.

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